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Si alguna vez te encontraste comprando algo porque recibiste una mala noticia, o te diste más gustos de lo habitual durante un mes en el que te estresaste particularmente, puede ser que estés ante un gasto o compra emocional. O varias. Porque sí, la gestión emocional -y por lo tanto evitar los gastos emocionales- también juega su papel en el ahorro.

Este párrafo que sigue lo podés leer con los anteojos en la nariz y con cara de análisis y reflexión.

A veces nos pasa que, en lugar de trabajar la gestión emocional como corresponde -haciendo terapia, reconociendo las cosas que nos afectan, y no fingiendo para afuera que todo está bien, por ejemplo-, recurrimos al shopping y a la tarjeta. Pero, ¿cómo evitarlo?

¿Qué es el gasto emocional?

Para evitar el gasto emocional, hay que entenderlo. Se trata de recurrir a las compras para satisfacer una necesidad, justamente, impulsada por la emoción. Generalmente, es para distraerse de sensaciones negativas como estrés, tristeza o  aislamiento. O peor: aburrimiento. 

Las investigaciones demuestran que el gasto emocional sí funciona. Por ejemplo, un estudio publicado en el Journal of Consumer Psychology (Revista de Psicología del Consumidor), comprobó que la terapia de compras contribuye a reducir la tristeza y a tener una sensación de control personal. 

Ojo que esto no significa que esté bien ni que los efectos “calmantes” sean duraderos. Porque cuando llega el resumen de la tarjeta o te empezás a endeudar irreparablemente, ya no te sentís tan bien. De hecho, es posible que termines gastando de más, en búsqueda de seguir anestesiando eso que te molesta a nivel interior. ¿Viste que dicen que la plata no compra la felicidad? Bueno, aplica.

Evitá los gastos emocionales en 5 pasos

Quizás lleve un poco más de tiempo, pero con estos consejos podés empezar a trabajar en lo que verdaderamente te va a ayudar, que es la gestión emocional.

1. Identificá las emociones que te hacen gastar

El gasto emocional es un patrón de conducta y, como tal, hay algo que lo activa. ¿Cuáles son los patrones o detonantes que te llevan a gastar? Este es el primer paso para empezar un cambio de hábito.

Si ya sabés que siempre que te sentís con estrés, cansancio, felicidad, aburrimiento o tristeza, te comprás algo, podés estar alerta la próxima vez que te pase. No es saludable -ni para vos, ni para tu bolsillo, ni para el medioambiente- escapar de esas situaciones adquiriendo algún objeto.

Para esto, podés registrar todos tus gastos y escribir también cómo te sentías cuando hiciste esas compras, por ejemplo. O cuáles te hicieron sentir culpable al poco tiempo. Ni hablar de esas cosas que olvidaste en el fondo del ropero porque –spoiler alert– no las necesitabas para nada.

¿Qué tal si te armás un doc en el celu o una tablita en un block de notas, y empezás a llevar un registro?

2. Encontrá nuevas formas de entretenimiento

Si comprar es tu cable a tierra o tu hobby favorito, quizás llegó el momento de buscar un nuevo pasatiempo. Y uno más económico, telosu. Hay muchas maneras de pasar el tiempo libre o divertirse sin comprar: leer, visitar personas que querés, hacer actividad física, limpiar, reciclar muebles o ropa, e incluso hacer microtrabajos para generar ingresos extra. Si sentís la necesidad de mantener la mente ocupada para no comprometer tus finanzas, ¡hay opciones súper productivas y más saludables! 

3. Resistí las tentaciones

A veces parece inevitable tener que aprovechar descuentos y promociones exclusivas. ¡Son una ganga! Pero si son cosas que no necesitás -casi que ni sabías que querías hasta que las viste- y encima van a ponerte en una situación incómoda en cuanto a tu presupuesto, llegó el momento de resistir.

Preguntate si realmente necesitás eso que se te antojó. Poné las ideas a remojo: date al menos 72 horas para analizar si es buena idea hacer esa compra, y cuáles serán las consecuencias.   

¡Tú puedes!

4. Date el gusto… ¡de ahorrar!

Empezá el mes liquidando las deudas y pagando los gastos de los que no podés escapar (alquiler, impuestos, servicios, préstamos, tarjeta de crédito, etc). Imaginamos que a estas alturas tenés un presupuesto, ¿no? ¡Ay, decime que sí! En base al mismo deberías saber cuánto necesitás para el súper, cuánto podés destinar para el ocio, y qué porcentaje debe ir a ahorro y porfa, porfa, porfa… ¡a inversión!

Si después de todo esto te queda una platita, ¡podés considerar date el gusto! Tampoco es que vinimos a la Tierra a sufrir, y mimarte de vez en cuando no está mal, che.

5. Buscá ayuda profesional

Si considerás que las compras para vos ya son un problema y que no las podés controlar, es una gran idea sincerarte con las personas que querés e incluso consultar con profesionales, como un psicólogo o psicóloga que te ayuden a trabajar en la gestión emocional. A veces necesitamos un empujoncito extra, una visión desde el exterior para entender el panorama con más objetividad.

Capaz te estás ahogando en un vaso de agua y la solución a tanto gasto innecesario está más cerca de lo que creías. 

¿Y bien? ¿Cuándo arrancamos con la tablita para controlar los gastos emocionales? Si de casualidad eso que percibimos es pereza para armarla, acá te dejamos una lista para que puedas descargarla y registrar todo todito. Te aseguramos que cuando veas el berenjenal en el que te meten ciertas compras, y cuándo vas a terminar de pagarlas, la próxima vez que quieras resolver una emoción gastando plata, lo vas a pensar dos veces. O tres.

Podés descargar tu tablita salvadora 👇 ¿Qué tul?  

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